La lucha por la Paz en Colombia debe continuar

CINTILLO en linea con stella (4)

Stella Lugo

Eric Hobsbawm, el reconocido historiador británico, al estudiar las guerras del siglo XX, se refirió al conflicto armado colombiano como “la última guerra campesina”. En verdad, si nos remitimos al origen y, en general, al fundamental componente social involucrado en la violencia que por décadas ha sacudido Colombia, debemos admitir la certeza de ese juicio, pues el problema de la tierra y la situación del campesinado han sido  determinantes en los inicios y desarrollo de la guerra en el hermano país.

Quise comenzar la columna de hoy con este comentario, en tanto me atrevo a afirmar que existe mucho desconocimiento de lo que acontece acá, muy cerca de nosotras y nosotros, en el vecino territorio con el que alguna vez conformamos una sola nación, y que más temprano que tarde volverá a unificarse por un reclamo de la historia y de las posibilidades de la construcción de futuro.

Y, es que la formidable maquinaria mediática forjadora de matrices de opinión está permanentemente mal informando, tergiversando o desinformado, es decir: manipulando; lo cual genera en nuestro pueblo y, particularmente, en la nueva generación poco conocimiento sobre las repercusiones que, por ejemplo, trajo a Colombia el hecho de que la CIA decidiese eliminar a un promisor dirigente de masas como lo fue Jorge Eliecer Gaitán; o lo que fueron, aquella especie de asentamientos comunales, donde se refugiaron campesinos perseguidos por agentes de la oligarquía terrateniente, calificados tendenciosamente como Repúblicas Independientes, que luego de ser agredidas por el Ejército de Colombia, se transformaron en resistencia  armada.

Justamente, en esos hechos encontraremos la génesis de una larga guerra que ha cobrado miles de vidas, desplazado a millones de personas de su lugar de origen y provocado el destierro de otras tantas. Al desarrollo posterior del conflicto se añaden otra serie de factores, entre ellos, la injerencia Norteamérica en la política interna de ese país, con el Plan Colombia.

Tal ha sido el drama de esa sociedad, a lo largo de muchas décadas, que sentimos una inmensa alegría, expresión de la esperanza de Paz que albergan los corazones de millones de compatriotas de Colombia, la Patria Grande y el mundo, cuando vimos, el 26 de septiembre pasado, la ceremonia donde se sellaba el Acuerdo Final para una Paz Estable y Duradera, luego de varios años de diálogo, entre el movimiento insurgente Farc-EP y el gobierno de Juan Manuel Santos.

Hermosa ceremonia ante los ojos de la comunidad internacional, con presencia de los factores y países que acompañaron la Mesa de Diálogo. Discursos que expresaban la voluntad política de transitar el camino de la Paz. Creo haber expresado lo que personalmente me satisfizo ese hecho, en mi columna de la semana pasada titulada: La Flor de cactus y la Paz de Colombia. Sin embargo, debo admitirlo: sentí, a la vez, cierto desconcierto; profunda preocupación con los resultados del Plebiscito realizado el domingo pasado.

Una lectura de los resultados traduce, por ejemplo, que las zonas directamente involucradas en el conflicto armado, la aprobación del Acuerdo a través del Plebiscito, fue contundente. No obstante, en las grandes concentraciones urbanas hubo una ligera ventaja de opción influida por el guerrerismo.

Es claro, entonces, que en las zonas campesinas donde se han engrosado los contingentes de ambas, donde se conocen las consecuencias de la guerra, se pronuncian por resolver las diferencias en el terreno de las ideas. Asimismo, la colombianidad residente en el exterior, donde se han refugiado gran cantidad de víctimas del conflicto, caso notable en Venezuela, la opción del Si al Acuerdo, ganó con holgura.

Por el contrario, las llamadas clases medias que no han vivido la guerra de forma directa y, a quienes indudablemente los atrapa la maquinaria mediática y la sociedad dominantemente individualista, triunfó la opción que negaba el Acuerdo. Del mismo modo, conviene reseñar que la mayoría de los electores y electoras se abstuvieron de participar, hecho que amerita una indagación exhaustiva.

Satisfactoriamente, ambas  partes  han expresado en forma clara su voluntad de continuar transitando el camino de la Paz, que evidentemente se ha complejizado por el resultado plebiscitario conocido. Ahora, el presidente Juan Manuel Santos tiene la altísima responsabilidad de honrar el Acuerdo Final, suscrito ante la comunidad internacional.

De nuestra parte, como mujeres y hombres bolivarianos, herederos del legado de Paz de nuestro Comandante Chávez, seguiremos respaldando al hermano pueblo colombiano en todas las iniciativas que generen para conquistar el fin de la guerra y  la Paz con Justicia Social.

¡La Paz de Colombia es la Paz del Continente!