Fabricio Ojeda, el Irreductible

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Stella Lugo

Cada vez con más frecuencia algunos actores políticos de la oposición, de manera irresponsable, aseguran que si alguno de nuestros dirigentes revolucionarios que han cambiado de paisaje estuviera vivo, haría causa común con la MUD.

A propósito de conmemorarse el 59 aniversario de la gesta heroica del 23 de enero de 1958, la Revolución Bolivariana ha querido honrar el espíritu traicionado de tales acontecimientos elevando al Panteón Nacional al insigne luchador revolucionario Fabricio Ojeda.  La respuesta de la derecha a tan magnánimo acto de justicia histórica fue asegurar temerariamente que Fabricio Ojeda seguramente sería hoy opositor y estaría de la mano con Ramos Allup, Capriles, Borges y María Machado.

Quienes tenemos documentación histórica de la vida y obra del legendario Comandante Roberto debemos salir al paso a la permanente campaña de intrigas de la derecha que pretende despojarnos del ideario revolucionario y del papel precursor en la construcción del socialismo de heroínas y héroes que ofrendaron sus vidas en la lucha armada de los años 60 en nuestro país. También merece el reconocimiento, la acción coherente del liderazgo de nuestra Revolución Bolivariana de exaltar la memoria que estas mujeres y hombres irreductibles que sirven de estandarte ético para la construcción permanente de los referentes morales que debe tener todo proceso de transformación político, económico, social y cultural como el que vivimos en Venezuela.

Estoy segura también, que Fabricio Ojeda al igual que Jorge Rodríguez padre, Alberto Lovera, nuestro padre cantor Alí Primera, Argimiro Gabaldón, Argelia Laya, entre otras y otros, de estar vivos, serían participantes, observadores y los más críticos dentro de la ética revolucionaria de nuestras acciones y omisiones diarias desde la conducción del Estado y el Gobierno. ¿Quién sino nuestro Gigante Hugo Chávez, fue el más crítico hacia su propio gobierno? La crítica, la observación e incluso la denuncia es genuinamente revolucionaria, siempre y cuando se haga para fortalecer la revolución y no para debilitarla. La crítica no es arma para drenar odios, reconcomios y frustraciones sino el antídoto a las desviaciones, que por naturaleza y debilidades humanas se presentan en cualquier proceso histórico.

Fabricio Ojeda fue uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional en 1963, junto a Elias Manuit Camero, Manuel Ponte Rodríguez, Pedro Medina Silva, Juan de Dios Moncada Vidal, entre otros combatientes que habían establecido frentes guerrilleros como el José Leonardo Chirino aquí en Falcón. Su paso a la lucha armada estuvo precedido de una memorable renuncia al Congreso Nacional que dejó plasmada en una carta que debe ser, a mi juicio, un testamento histórico de quien aspiró y sin dudas terminó siendo, un paladín constructor de la mujer y hombre nuevo que debía surgir del grito revolucionario.

En fragmentos de este documento histórico se puede recoger la argumentación categórica del pensamiento filosófico de Fabricio Ojeda y su convicción de que el pacto de Punto Fijo había traicionado a quienes en Venezuela habían luchado y resistido la feroz represión de la dictadura de Pérez Jiménez:

“Venezuela –lo sabemos y los sentimos todos– necesita un cambio a fondo para recobrar su perfil de nación soberana, recuperar los medios de riqueza hoy en manos del capital extranjero y convertirlos en instrumento de progreso colectivo. Necesitamos un cambio a fondo para liberar al trabajador de la miseria, la ignorancia y la explotación; para poner la enseñanza, la técnica y la ciencia al alcance del pueblo: para que el obrero tenga trabajo permanente y sus hijos amparo y protección. Venezuela, en fin, necesita un cambio profundo para que los derechos democráticos del pueblo no sean letra muerta en el texto de las leyes; para que la libertad exista y la justicia impere; para que el derecho a la educación, al trabajo, a la salud y al bienestar sean verdaderos derechos para las mayorías populares y no privilegios de escasas minorías. Pero nada de esto podrá lograrse en un país sub-desarrollado y dependiente, como el nuestro, sino a través de la acción revolucionaria que concluya con la conquista del Poder Político por parte del pueblo”.

En otro pasaje de su carta al Congreso, Fabricio Ojeda devela su formación clasista y convencimiento de la injusta distribución de la riqueza y de que el Estado forjado a la luz de la traición al pueblo siguió sirviendo a los poderosos de siempre:

 “A estas alturas de la historia, cuando un vendaval de renovación sacude al mundo, los venezolanos no podemos permanecer aferrados a una vida política, sin perspectivas de futuro y que mantiene al país sumergido en el subdesarrollo económico, en el atraso crónico y al pueblo, doblegado bajo el peso constante de la miseria y la ignorancia y el hambre. Venezuela es un país privilegiado por la naturaleza. Las entrañas de su tierra están pobladas de riqueza y sobre la superficie crecen montañas de dinero. Pero estas riquezas y este dinero sólo van a parar a los bolsillos de los grandes tiburones de la política nacional e internacional, mientras que el pueblo, dueño de ellas, se debate entre la angustia de no poseer nada y el dolor de su precaria situación económica”.

Como es obvio, El Comandante Roberto jamás haría causa común con esos “tiburones” contra los que se alzó en armas y quienes lo asesinaron un fatídico 21 de junio de 1966 en los calabozos del para entonces temible Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA), formado por los Comandos de la Escuela de las Américas y esbirros de la derrocada dictadura de Fulgencio Batista en Cuba que lograron escapar una vez triunfante la Revolución Cubana.

Algo digno de admiración en Fabricio Ojeda es que, siendo uno de los líderes fundamentales de la lucha armada contra Pérez Jiménez, siendo periodista, cubría la fuente de Miraflores y entrevistaba con frecuencia al dictador. Sus méritos logrados en el fragor de la batalla contra el régimen lo llevó a presidir la Junta Patriótica que finalmente derrocó a Pérez Jiménez. Sin embargo, los dirigentes de AD, Copei y URD, éste último partido en el que militó Ojeda, fraguaron al amparo del Departamento de Estado y la CIA, el llamado “pacto de Nueva York” el 20 de enero de 1958, tres días antes de la huida del dictador; él que precedió al que se firmó posteriormente el 31 de octubre de ese año y que lleva el nombre de la residencia donde vivía para entonces Rafael Caldera y que conocemos como el Pacto de Punto Fijo.

Fabricio Ojeda es hoy por hoy patrimonio histórico y referente ideológico de la Revolución Bolivariana. Estudiar su obra política, su pensamiento crítico y su acción consecuente con las causas justas de la humanidad debe ser tarea obligada. Su mensaje sirve como llamarada esclarecedora y merece estar en el selecto grupo de mujeres y hombres que al igual que nuestro Hugo Chávez han sido y serán dignos representantes de los portadores de la espada libertaria del Padre Bolívar.

¡Con el traslado de Fabricio Ojeda al Panteón Nacional, la Revolución Bolivariana le da entrada por la puerta grande de la historia, a quien encarna el espíritu libertario del 23 de Enero y de la juventud patriota que luchó por nuestra Patria!