Recomposición del imperio Vs nuestra Independencia definitiva

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Stella Lugo

Asistí este nueve de marzo a la movilización realizada en Caracas, con motivo del Día del Antiimperialismo, decretado por nuestro presidente Nicolás Maduro Moros como respuesta a la desfachatada y oprobiosa Orden Ejecutiva promulgada en fecha análoga, durante el 2015, por Barack Hussein Obama, donde se considera a Venezuela una Amenaza Inusual y Extraordinaria para los Estados Unidos y cuya vigencia ha venido siendo prorrogada por el poder imperial; allí me surgieron grandes interrogantes sobre el futuro de la política que sobre América Latina y El Caribe y, en especial, sobre nuestro país es trazada desde aquel centro de dominación.

¿Revocará la actual administración la referida Orden?, ¿Por qué tal ensañamiento contra un país pacífico de la “periferia”?, ¿Cuáles son las tendencias actuales del imperialismo y la real situación de los Estados Unidos? En las respuestas a estas preguntas encontraremos las alertas preventivas para encarar el corto y mediano plazo.

Es claro que en los Estados Unidos donde le corresponde gobernar a Donald Trump existe una situación un tanto distinta a la época de esplendor del llamado “modo de vida americano”. En general, lo nuevo del sistema capitalista mundial en las últimas décadas del Siglo XX y lo que corre de Siglo XXI: el neoliberalismo, ha traído aparejadas enormes dificultades para los países periféricos; pero, a la vez, grandes problemas y contradicciones en el epicentro del sistema global.

La transnacionalización del capital se ha traducido, entre otras cosas, en el desplazamiento de la producción a escala planetaria, en detrimento de la hegemonía que, por lo menos, por dos siglos sostuvieron las potencias occidentales, particularmente Estados Unidos. Hoy, por el contrario, es China donde, sin dudas, se producen más mercancías, en un sistema global; cada vez más regido por el capital financiero y con una fuerte tendencia a la improductividad y al parasitismo.

La contracción económica de Estados Unidos producto de la pérdida de capacidad productiva, la imposición del modelo especulador financiero improductivo y sus crecientes compromisos bélicos y geopolíticos, al pretender erigirse como el gendarme del mundo, le generan una crisis social sin precedentes.

Hoy casi 60 millones de norteamericanas y norteamericanos son pobres. Trump reveló en su primer mensaje oficial ante el senado norteamericano que en general, existen 94 millones de sus compatriotas fuera del sistema laboral, es decir, algo más de un tercio de una población estimada en 308 millones de habitantes. Esta controvertida cifra ha causado polémica; pero refleja que buena parte de la población está excluida o peor aun, autoexcluida del sistema económico productivo norteamericano; cuestión que preocupa a cierta porción de la sociedad norteamericana: los dueños del aparato industrial. De ellos es vocero Donald Tump y fueron decisivos en su ascenso al poder.

Resulta innegable que grandes contradicciones existen, ahora, en el centro de la dominación imperial, donde media el surgimiento hacia el este del mundo de grandes polos de desarrollo económico y financiero; en paralelo a importantes cambios en la correlación militar que configuran un mapa geopolítico distinto a nivel planetario. El mundo multipolar que avizoraba Chávez llegó, a la vuelta de pocos años.

En medio de este cuadro, lo más preocupante para los pueblos de América Latina y El Caribe está dado porque, al tiempo que los imperialistas reducen sus áreas de influencia hacia el este del mundo, cuando pierden aceleradamente hegemonía en otras regiones, vuelven la mirada hacia nuestro continente que, demás está decirlo, siempre lo han considerado su patio trasero. Aunque aplicando otras tácticas como la guerra no convencional, es obvia la contraofensiva imperialista y la reanimación de la derecha latinoamericana que, pese a ser incapaz de convertirse en una alternativa política viable usando sus propios recursos y capacidades, se ponen a los pies del imperialismo y permiten dócilmente que les marquen la agenda.

Esta actitud apátrida se ve con mayor evidencia en la actualidad. Hasta ahora los mensajes enviados por Donald Trump a la región son contradictorios. Mientras en su discurso de toma de posesión insistió en que respetaría soberanías y la autodeterminación de los pueblos; quizás presionado por el lobby cubano americano y el creciente lobby antivenezolano, en las últimas horas ha tenido señalamientos hacia nuestro país que debemos ver con lupa. Por eso estimo acertada la política trazada por nuestro Presidente Nicolás Maduro de no morder peines puestos por la derecha traidora y no adelantarnos en la jugada; como quisieran los incapaces que imploran por una intervención yanqui.

Estimo que, sin dejar de estar alertas con el imperio, debemos denunciar y exigir que se aplique la justicia a quienes insisten en azuzar contra nuestro país a los perros de la guerra. Lo que viene haciendo la derecha venezolana, viajando sin cesar y pidiendo sin rubor una intervención extranjera contra la Patria de Bolívar y Chávez, debe ser foco de atención de la institucionalidad revolucionaria.

En todo caso, el objetivo final de los poderes fácticos imperiales es tomar posesión de los grandes reservorios de energía fósil –petróleo y gas-, de la importantísima reserva de agua dulce existente en esta región y de la mayor reserva de biodiversidad del mundo se les hace imperativo para sus planes de dominio. Por lo cual, desde tiempos de Obama –y aquí encontramos el sentido de su Orden Ejecutiva-, han venido planteándose cómo recomponer la hegemonía perdida durante los primeros lustros de este Siglo XXI, cuando los pueblos de Nuestra América, sobre el influjo de la prédica bolivariana de Hugo Chávez, reencontraron el camino de luchar por la unificación de nuestros países y, de esa manera, avanzar hacia la verdadera Independencia. La batalla entre la recolonización y la Independencia asoma en el horizonte, debemos hacer conciencia de ello y prepararnos para encararla.

 

¡Con Chávez decimos: Independencia o Nada!